Ken Follett ha muerto

Puedo afirmar que no volveré a leer ni un libro más de este escritor británico. Sólo si uno de sus libros fuese uno de los últimos sobre la faz de la tierra volvería a meter a Ken Follett en mi cama. Pero no sean mal pensados, el de Cardiff sigue vivo (afortunadamente), y los hombres que entran en mi cama lo hacen sólo en forma de libros. No obstante, a Follett le di muchas oportunidades, lo dejé entrar en mi vida, me introduje en la suya, lo llevé al parque, a la playa, viajamos juntos y estuvo en mi cocina, le dediqué tiempo, dinero y pasión, pero después de más de 4000 páginas he roto definitivamente con él.

Whiskey con agua, whiskey con hielo o whiskey solo. Era la metáfora que Fernando Quiñones empleaba para resumir las diferencias entre novela, relato y poesía. Evidentemente, Follett es de whiskey con agua o más bien aguado. No es que haya necesitado leer 4000 de sus más célebres páginas para calificarlo, cinco o incluso menos bastan para calar a cualquiera, lo que ocurre es que era uno de esos redactores de culebrones que dejaba entrar en mi cama (léase biblioteca, pero el carácter sagrado de este vocablo me impide usarlo más de una vez en un post sobre Follett), por su valor como puro entretenimiento. Sin embargo, uno se va haciendo mayor y se da cuenta de que cada vez tiene menos tiempo libre, menos huecos para leer o releer libros que un día enlistó, para viajar a lugares, para hacer cosas o para perder el tiempo. Entonces, notas que creías leer tochos de mil páginas porque te trasladaban a otras épocas o a otros mundos, porque te presentaban a personajes insólitos o porque ibas a descubrir cosas nuevas. Pero no es así. Los leía porque me gustaba como estaban escritos. El argumento, el contenido, es importante; pero el estilo, la forma, es clave. Es más, la forma es el contenido y cada vez estoy más convencido de esto.

Acepto el producto realizado meramente como entretenimiento y lo consumo vorazmente, pero me irrita cuando lo presentan bajo un halo de arte (como también ocurre con la gran mayoría del ‘arte contemporáneo’ que no es otra cosa que ‘industria del arte’, una simple coincidencia de nomenclatura). Bueno, no nos desviemos. Tengo la quisquillosa manía de exigirle a un producto que consumo que, al menos, se asemeje al discurso del que proviene. Así, cuando leo un reportaje quiero que parezca periodismo, cuando oigo una canción quiero que parezca música, cuando veo una película quiero que parezca cine, y cuando leo un libro quiero que parezca literatura. La posición de Follett en este mundillo es de sobra conocida, sería de lego aguardar que uno de sus libros fuera una obra maestra o que lo propusieran para el Nobel, pero me he sentido estafado como lector. Pérez Reverte escribe para entretener, pero hace literatura. Billy Wilder escribía y dirigía para entretener, pero hacía cine. Ken Follett escribe para entretener pero hace culebrones.

Reconozcámoslo, un culebroncillo cutre de vez en cuando sacia nuestros bajos instintos. Pequeñas dosis para que nuestra biblioteca –sacrilegio- parezca más diversa, pintoresca y cercana. Pero Un mundo sin fin es el último título que habré leído de este autor, quien pudo titularlo Un libro sin fin, y no por la extensión (que también), sino por la repetición simplista y repetitiva de su estructura narrativa, por la vacuidad de sus personajes y por lo insípido de su prosa. Sin mencionar la poca fuerza en las situaciones dramáticas o la subestimación continuada de la inteligencia del lector. Una fórmula que puede servir para un best-seller de 400 páginas pero que resulta cansina cual telenovela o teleserie melodramática estirada hasta el infinito y más allá. Nunca segundas partes fueron buenas suele decirse y el señor Follett exprime a la gallina de los huevos de oro hasta secarla. Los pilares de la tierra formó parte de la infancia o adolescencia de muchos lectores ente los que me incluyo, fue un fenómeno que dejó huella y abrió el mercado mundial para este escritor. Muchos querían más de lo mismo, y lo tuvieron: el constructor, el caballero, el clérigo maligno, los vicios humanos, las deslealtades, la maldad entre familiares, la torre, el mercado del vellón, el priorato, etc., etc. El señor salta dos siglos e introduce algunas circunstancias históricas y queda tan pancho, previsible hasta la exasperación. Era de esperar, lo reconozco, la culpa es mía, pero leyendo este libro me sentí como el que un cine se acerca a por unos pistachos para acompañar a la peli y se acaba comiendo un cubo de palomitas de manteca.

La secuela de este libro me ha hecho reflexionar sobre el entretenimiento, sobre qué y cómo nos entretenemos, y este que les habla no tolera otro ladrillo follettiano como animal de compañía. Seguiré consumiendo best-sellers alguna que otra vez, pero ahora estoy empachado. Mientras tanto, viajemos desde Cardiff hasta Cádiz y saboreemos el siempre sabroso whiskey de Quiñones: con agua o con hielo, sirvan como ejemplo La canción del pirata y El coro a dos voces, o bien solo, como los siguientes versos, la obra del gaditano sí es gran reserva. Aquí un trago:

Lo mismo que otras tardes, ésta preferirás
contemplarte desnuda y alhajada (aún deseable, piensas)
en el espejo de tu dormitorio
oyendo fuera el ventarrón helado,
y escoger con fruición a dos hombres que llevarte a la cama
para amarlos por largo, uno a uno,
mientras el otro guarda junto a tus muslos o tus pechos.

Hoy el deseo funcionó deprisa
y casi no has tenido que pensarlo: Borges, Lope de Vega.

Los amantes, en Las crónicas del Rosemont.

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One Comment en “Ken Follett ha muerto”

  1. jacintogutierrez Says:

    Me ha divertido leer, entre otros, el nombre de Quiñones junto al de Follett(ín)… he disfrutado mucho de este texo. Un abrazo, compañero 🙂


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