Contraband, trapicheo en los muelles

Mark Wahlberg protagoniza un intenso filme de acción donde la familia, la lealtad y la corrupción serán los ejes temáticos. Un ladrón reinsertado y ejemplar padre de familia se ve obligado a delinquir de nuevo si quiere seguir con su vida. Con un uso arriesgado y a veces superfluo de la cámara, el mundo del contrabando marítimo servirá de marco para una cinta llena de ritmo por momentos, que te hará pasar un rato entretenido.

Contraband. Thriller, Francia-Reino Unido-EEUU, 2012, 110 min. Dirección: Baltasar Kormákur. Guión: Aaron Guzikowski. Fotografía: Barry Ackroyd. Música: Clinton Shorter. Intérpretes: Robert Wahlberg, Caleb Landry Jones, Jason Mitchell, Paul LeBlanc, Mark Wahlberg, Ben Foster, Lukas Haas.

Baltasar Kormákur (Reykjavik, 1966) dirige el remake de Reykjavik-Rotterdam (Óskar Jónasson) que el mismo protagonizó en 2008. El actor y director islandés, hijo de un pintor español –quizás de ahí el guiño a Pollock en la película-, ha trasladado a Hollywood esta historia con el objetivo de lanzar su carrera en América como realizador aprovechando el tirón taquillero de Wahlberg. Objetivo que probablemente consiga con el cine que actualmente predomina en las colinas californianas. Su película, sin embargo, no establecerá residencia en la memoria de los espectadores más allá de sus casi dos horas de metraje.

Chris Farraday (Wahlberg) es un tipo duro y una figura en el mundillo del contrabando. El encarcelamiento de su padre y su situación familiar han hecho de él un padre ejemplar y un ciudadano respetable. No obstante, su cuñado Andy (Caleb Landry Jones) sigue las andanzas familiares y entra en serios problemas con la mafia. Las amenazas y una gran deuda que saldar obligarán a Chris a convertirse de nuevo en un contrabandista. Atrapado por su pasado, este particular Carlito Brigante desplegará desde ese momento toda su inteligencia y astucia –al más puro estilo de The italian job (2003)- en una exhibición digna del tándem Newman-Redford, aderezada con algunos golpes maestros heredados quizás de su trabajo en The fighter (2010). No rescata sin embargo la puntería demostrada en The shooter (2007), aunque se ve inmerso en un más que agitado tiroteo entre policía y criminales. Doble moral, que nos presenta a un criminal de guante blanco pero experto en lucha y sin pistola, al tiempo que es un ciudadano modelo y un delincuente experimentado.

Lo mejor de la cinta son las interpretaciones de los protagonistas y las escenas de acción en Panamá y el ritmo logrado desde entonces hasta el final. Lo peor las innecesarias estridencias visuales, que se aproximan sin éxito al lenguaje documental que sí lograra The wrestler (Aronofsky, 2008). Movimientos de cámara efectistas, planos aéreos redundantes o zooms y efectos sonoros superfluos que pretenden un ritmo sólo logrado con un atinado montaje. El guión no sobrepasa su usual papel terciario en thrillers como este y, sólo al final, con algunas sorpresitas, pretende adquirir algo más de protagonismo que no suman sino que más bien restan.

Nueva Orleans, no la de Marlon Brandon aunque también con fuertes deseos y ambiciones. Panamá, como cuna de delincuentes y fastuoso paraíso fiscal, y la atmósfera de los muelles, son los tres grandes espacios para esta historia donde el concepto primero de familia justificará cualquier acción.

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